La luz que queda

La luz que queda

La luz que queda

Esta nueva etapa marca el paso de la denuncia del residuo plástico hacia una
profunda experiencia cromática. Utilizando el papel monograbado como piel, estos cubos
heredan la rigidez del invernadero para suavizarla con el tinte y la textura, convirtiéndose en
auténticos contenedores de luz.
A través del monotipo, cada cara del poliedro es una impronta única; una huella dactilar que
transita de lo artificial a lo vivo. Ya no observamos el objeto industrial, sino la abstracción
lumínica de un entorno donde el color transforma el volumen en una experiencia rítmica,
celular y vital.

Fragmentos de la memoria – Huellas

Fragmentos de la memoria – Huellas

Fragmentos de la memoria – Huellas

Fragmentos de la memoria: La huella invisible
Esta serie nace de una obsesión por lo que permanece: ese rastro imperceptible que la actividad humana graba en la infraestructura de lo cotidiano. No es un registro de grandes eventos, sino de la presencia constante y silenciosa del hombre en los objetos y espacios que habita.

Fragmentos de la memoria

Fragmentos de la memoria

Fragmentos de la memoria

En esta serie de diez piezas, la escayola se convierte en un registro fósil de lo cotidiano. La obra se vuelve más austera y mineral, centrando toda la atención en la «herida» central de cada bloque. Estas hendiduras, de tonos terrosos y ocres, parecen cicatrices dejadas por el uso constante de herramientas o el roce de las manos , o simples huellas de presencia humana.
La disposición lineal sugiere una cronología de lo invisible, un diario de gestos repetidos que, aunque parecen iguales, contienen variaciones sutiles. Es el silencio de la piedra narrando la historia de quienes habitan esos centros urbanos milenarios, donde la presencia humana se mide por el desgaste que deja en su entorno.

Diario

Diario

Diario

«Diario» es una cartografía de lo invisible. El alambre usado abandona su rigidez industrial para
convertirse en un trazo suspendido, una escritura tridimensional que registra el paso de las
horas. Al eliminar los plásticos de invernadero, la obra se despoja de su piel, dejando al
descubierto el esqueleto de la memoria.
Cada uno de estos nueve cubos actúa como un contenedor de aire y tiempo. Las líneas, que
vibran con la imperfección de lo vivido, sugieren que ningún día es igual a otro. La repetición de
la forma cúbica establece un secuencia rítmica, casi meditativa, donde el vacío no es ausencia,
sino el espacio donde resuena la experiencia. Es una obra que nos invita a observar cómo la
fragilidad del metal puede sostener el peso de toda una biografía.

Libertad

Libertad

Libertad

Bajo el sol que castiga y el plástico que asfixia, emerge una mirada. Sabina Huber rescata del olvido el rostro de quien habita el «mar de plástico», devolviéndole su identidad sobre el mismo material que marca sus jornadas.

No es solo un retrato; es un testimonio de resistencia. El plástico, ajado por el tiempo y el uso, se convierte en la piel de un hombre que ha dejado su huella en la tierra. Las líneas oscuras del rostro parecen brotar de las mismas cicatrices del material, creando un diálogo silencioso entre el ser humano y el residuo, entre la dignidad de la labor y la fragilidad de su condición. Es una imagen que nos obliga a mirar de frente a quien, desde la sombra del invernadero, alimenta al mundo.